por Vicente Sotos Parra
Solía ser por las tardes cuando se acudía a la iglesia para que el cura de turno diera esas clases para aquellos pillos del pueblo de entre seis y nueve años. Era don Miguel quien impartía tales clases. Allí estaban rodeados de amigos, de muchos conocidos y de otros menos y siempre se juntaban en la escuela en el recreo; parecía que entre ellos había amistad siempre. Las diferencias salían a relucir de alguna forma por la más mínima cosa, siendo esto motivo de gresca, que a la media hora, como nube pasajera, se diluía. Esa tarde -no se sabe el motivo- todo el altar estaba cubierto de una neblina que le daba un aire de misterio por no saber de dónde venía ni cómo había podido llegar hasta allí.
Pero vayamos
con lo que me contó Felipón cuando acudía a clase de catecismo.
Los bancos
de la iglesia en los que se sientan los chiquetees, en total, serian una docena. Todos ellos llenos de inocencia y pureza, salvo sus zapatillas sucias
de barro de haber pisado los charcos. Después de haber estado tirándose piedras, lo que se llamaba apedrearse (los enemigos eran los de arriba del pueblo con
los de abajo), entraron todos juntos a la Iglesia. La guerra tocó a su fin.
Hechas las paces sin vencedores ni vencidos, a algunos les bullía la cabeza y por
eso no dejaban de refunfuñar.
--In nomine
Patris et Filii et… -dice don Miguel-. Niños, hoy os hablaré del pecado.
¿Alguno de vosotros sabe qué es el pecado? Por ejemplo, tú, Felipón, que no comprendo por
qué siempre andas rezagado y te sientas
tan atrás… ¿Sabes decirme qué se entiende por pecado?
---Pecado…pecado
… es cuando uno hace cosas feas.
---Sí, claro, más o menos es eso. Pero es más correcto decir que el pecado es ofender a Dios desobedeciendo algunas leyes. Si vuestra madre, pongamos por caso, os dice que no hagáis algo y vosotros lo hacéis, ella se disgusta… Si Dios os dice que no hagáis algo y vosotros lo hacéis, Él también se disgusta. Pero no os dirá nada. Dios todo lo ve, porque Él lo ve todo, incluso a ti, Bartolo, que en lugar de estar atento estás rayando el banco con la piedra. Entonces Dios toma nota: pueden pasar cien años, pero Él seguirá recordando todo como si acabara de suceder hace menos de un minuto.
Don Miguel
se da media vuelta y mira al altar, y lo ve inundado de una nube en forma de cama.
El caso es que don Miguel tiene sueño. Se ha levantado a las cuatro de la
mañana para darle los sacramentos al hermano X y después no ha parado en todo
el día: los pobres, la campana nueva, las obras en el cementerio, etc., no ha parado
de moverse desde las cinco de la mañana, y ahora ve esa cama mullidísima que
parece esperarlo, a él, un pobre cura de tres al cuarto.
¿No es
increíble? ¿No es una singular coincidencia que él esté muerto de cansancio y esa cama se encuentre preparada en medio
del altar? ¡Qué agradable sería tumbarse ahí arriba y cerrar los ojos sin
pensar en nada!
Pero las
cabecillas inquietas de aquellos diablos alineados de dos en dos en los bancos
siguen ahí, delante de él.
---Hablar de pecado -explica- es como no decir nada. Hay pecados y pecados. Hay, por ejemplo, un pecado muy diferente de todos los demás, que se llama pecado original. Así nació el pecado original. Pero vosotros seguramente me preguntaréis: ¿Qué culpa tenemos nosotros de que Adán se portara mal? ¿Por qué hemos de pagar por él? Pero aquí, mirad…
En el
segundo o tercer banco, estaba Aurelio, que estaba comiendo algo a escondidas:
era un mendrugo de pan, seguramente, o alguna otra cosa crujiente. Se oía el
ruido que hacía, como si fuera un ratón, pero estaba muy atento: en cuanto el
cura cesaba de hablar, Aurelio rápidamente dejaba de mover las mandíbulas. Este
débil reclamo bastó para que a don Miguel le entrara un hambre espantosa.
---¿Cómo se
comete un pecado? -dice-. ¡Jo, cuántos sistemas han inventado los hombres
para disgustar a Dios! Se peca con
acciones, como cuando, por ejemplo, alguien roba; se peca con las simples palabras,
como cuando, por ejemplo uno blasfema; se peca con el pensamiento…Sí, a veces
basta un pensamiento.
En ese
momento, Bartolo introdujo un grano de maíz en una caña y, acercándosela a los
labios, apuntó a la nuca de uno de sus contrincantes. En esas vio a don Miguel,
cuyos ojos se habían vuelto blancos, y se quedó tan impresionado que tiró rápidamente la cerbatana.
--Distinguid -continuaba don Miguel- el pecado venial del mortal. Mortal…mortal… ¡Porque uno muere cuando lo comete!
Se dio
cuenta de que se había ruborizado. Bajó entonces los ojos hacia el suelo y vio
que en él había manchas de barro, unos montecillos
de piedras de las que sobraron del combate, y un tirachinas, arma usada en la
batalla, el trozo de caña con la que
Bartolo quiso y no pudo hacer blanco sobre Guerrita. Era tal el berrinche, que
intentó vengarse sin conseguirlo por la
mirada de don Miguel o la de Dios.
---Pero la misericordia del Señor es infinita, hijos míos -dijo-, lo mismo que su gracia…
E hizo una pausa, que aprovechaban para aspirar los mocos algunos de los presentes, cuando no aprovechaban
para pasarse la lengua superando el
labio superior para llegar a tan deliciosa golosina.
Mientras, la
nubecilla seguía cubriendo el altar mayor. ¿De qué tienes miedo, reverendo? ¿De
una inocente nubecilla? Si no la miras, sería una mala señal para ti,
significaría que estás sucio por dentro. ¿Cómo podría ser una nube culpable? ¡Mira, reverendo, mira qué bella es!
Tuvo unos
instantes de duda. Lo suficiente para que sus párpados temblaran un poco y se
abrieran ligeramente. ¿Vio o no vio?
Algo parecido a una imagen perversa, obscena y magnifica había entrado ya en su
cerebro. Jadeó por la tenebrosa
tentación. Así pues, ¿aquellos fantasmas habían venido para tentarlo, lo desafiaban desde el cielo con alusiones
desvergonzadas.
¿Quién
vencería? ¿La limpia y dulce nube o bien él con su pureza? Mientras tanto, seguía rezando. Cuando le pareció estar lo
bastante fortalecido, concentró sus fuerzas y levantó los ojos. Pudo ver que
los bancos de la iglesia estaban vacíos. Y que estaba solo de rodillas ante el
altar mayor.
Aquellos
diablos de chiquetees se fueron sin que Él se hubiese dado cuenta de su ausencia.
Saliendo a la puerta de la Iglesia, vio cómo estaban jugando a las cuatro
esquinas, que daban resguardo al aviador Félix Martínez Ramírez.
(CHASCARRILLO)
Aquellos diablos de chiquetees
acudían al catecismo.
Don Miguel ya se lo dijo:
sois inocentes de lo que Adán hizo.
La lujuria debilita a
ambos: cuerpo y mente.
Pitágoras


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