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viernes, 3 de noviembre de 2017

Los verdugos en la calle Montejano - Memorias de Isidora Pérez Araque (VII)



por Fabián Castillo Molina





En el presente capítulo, Isidora nos narra lo que le aconteció en la calle de Montejano aquel lejano Domingo de Ramos, y acto seguido, vuelve a surgir la pregunta que ha sido una constante en su vida: ¿Por qué han de pagar las criaturas inocentes las responsabilidades de los padres?


Por añadidura, Isidora tiene claro que su padre y su madre fueron buenos con ella y con todos sus hijos, y con la gente en general, también. Su delito había sido defender sus ideales de un mundo más justo. Quizás con mayor pasión que otros, así lo demuestran los nombres asignados a sus hijos varones, pero eso era legal en la república y estaba en su derecho. Fue de los perdedores de la guerra y pagó con la cárcel y trabajos forzados. ¿Pero qué había hecho ella a sus nueve años para que la trataran así en su mismo pueblo?

Queda aquí clara la necesidad de respeto y protección a las personas inocentes. Los sufrimientos y abusos sufridos en la infancia no prescriben, son una constante en la vida de las personas y permanecen vivos en quienes los sufren. Es necesario, es un deber de la sociedad, hacer todo lo posible para que hechos así no vuelvan a suceder.

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Capítulo VII: Los verdugos de la calle Montejano

Mira, era el Domingo de Ramos, esto fue…, no tengo las fechas muy claras, a mi padre lo encerraron el día quince…, sería de marzo, porque el Domingo de Ramos cayó el 2 de abril (leer nota a pie de artículo). A mi padre lo encerraron anca Mendizábal, pero aparte de tos los presos. Entonces… como entonces había que llevarles la comida a tos los presos, me acuerdo que me dijo mi madre (la pobre tenía mucho respeto, porque entonces era mu joven, tendría 32 u 33 años) y me decía: "tú vas y dices que ha dicho madre, tú vas y dices que ha dicho madre". Y voy a llevale a mi padre de comer, que me acuerdo muchas veces que le llevé patatas con caldo con costillas. Y las llevaba en un pucherejo de porcelana y su plato de porcelana y su cuchara… y un trapo, porque entonces ni servilletas ni hostias consagrás ni na. Total, que ya voy a llevale a mi padre de comer… y sale… que ese sí lo habrás oído nombrar, Rosauro, él estaba allí de guarda de mi padre. Que su madre se casó con “Caravaca” la tía Rafaela. Bueno pues voy y..

—¿Ánde vas, hermosa?

— Pues a traele la comida a mi padre.

Se la da, y estuve allí con mi padre mientras comió y ya me dio un beso y dice:

—Anda, hija, veste a casa ya…

Cuando, ya al venime, estaban donde tenía la tienda Fernandete, enfrente el cine, Alvarete, que le decían, Los Alvaretes. Y estaban… unos cuantos chicos…, no sé si decirte los nombres…, no los recuerdo a todos; sí, a uno de los Luises, cuñao de Pedro el Aceitero, dos de teléfonos, que entonces estaba teléfonos enfrente de la carnicería que tenía Marcelo “Mariote”, que luego la llevaba Vítor, su hijo. Bueno, había siete u ocho chicos, tendrían entre doce o catorce años, cuatro o cinco años más que yo. Me dieron una tanda de verdugazos, con los verdugos de oliva (como era el Domingo de Ramos…), me pusieron las piernas…, ya una chica con nueve años que tuviera, sin dejar de llorar

—¡No me peguéis!, ¡no me peguéis!…

Me pegaba uno, yo huía, pero me  tenían rodeá, me pegaba otro, así con el ramo de oliva, pero ya sin hojas, y me iba al otro lao y otro verdugazo…

—¡Cómo no te vamos a pegar, si tienes la sangre igual que tu padre!…

Cuando ya, el padre de Fernandete…, el hombre salió al oírnos, y les dice:

—¿Por qué le pegáis a esta chica?

Y le contesta uno, no sé cuál fue:

—Porque tie la sangre roja.

Y el hombre respondió

—Pues ¿cómo la tenís vosotros, negra? Vosotros la tenís negra.

Y les dice:

—Dejar a la chica que se vaya, donde vaya —dice—. Que no tenís vergüenza, que sois unos sinvergüenzas. ¡Vamos que lo que están haciendo el Domingo de Ramos!

Y me pusieron las piernas… como a Cristo las costillas. Como iba a ser Semana Santa. Cuando llegué a mi casa, me las curó mi madre, probrecita mía, con agua fresquita, decía:

—Hija, no llores, ahora te curo yo… con paños de agua fresquita.., y ahora te pongo vinagre.

A mi José no lo maltrataron, mi José tenía 13 años cuando…, catorce años iba a cumplir. Se terminó la guerra en abril…, y José cumplía los años en mayo…, y se fue a La Hita y en La Hita estuvo trabajando catorce años.


NOTA:

El día antes en algunas de las pocas radios que había en el pueblo habían dado el último parte de guerra: 

https://es.wikipedia.org/wiki/Último_parte_de_la_Guerra_Civil_Española 


“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Generalísimo Franco Burgos, 1 de abril de 1939.” 

https://es.wikipedia.org/wiki/Último_parte_de_la_Guerra_Civil_Española 


 “Fue el único parte firmado por Franco, quien revisó minuciosamente su redacción e hizo varias correcciones. El texto definitivo fue llevado a toda prisa desde el burgalés Palacio de la Isla, sede del gobierno franquista durante la guerra, hasta el entonces estudio de Radio Nacional de España, en el cercano Paseo del Espolón. Fue leído a las 22:30 por el actor y locutor Fernando Fernández de Córdoba, con entonación y énfasis propios de la radiofonía de aquellos años.”


Capítulo 4: Por un puñado de espárragos


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