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lunes, 13 de noviembre de 2017

Manuscrito hallado bajo una mano: relato de juventud (Revista del Soldado, Getafe, 1993)



Yo hacía la mili en la Base Aérea de Getafe y corría el año 1993. En el 94 me darían la blanca y un diploma que tengo por ahí, y salí de allí escopetado a presentarme a las oposiciones, que era para lo que había estudiado: para emplearme en ese trabajo en el que había "gastado" cinco años de mi vida y el dinero de mis padres. Me valió un primer puesto de trabajo con vacante completa para el curso 1994-1995 en el instituto de Tarancón que entonces se llamaba Riánsares. Repetiría al curso siguiente (disfruté como un enano, ya os lo digo, no fue ningún sacrificio). En fin, que hoy, revisando papeles viejos, me encuentro esta revistilla castrense que llevaba por título Revista del Soldado. El número es de noviembre de 1993. La revista recogía contenidos muy diversos y yo figuro en los créditos como soldado pues formaba parte del equipo que realizábamos su confección y montaje (la publicábamos cada mes los que estábamos destinados a la Oficina de Información al Soldado, la Ofis). En su interior (el de la revista, no de la Ofis, en la que solo estábamos una pequeña recua vagueando libremente pues el sargento Fernández nunca aparecía aunque había que decirle al capitán Feito que "había estado por allí"), compruebo que hay varias publicaciones mías: un artículo sobre el ajo en el refranero (siempre divulgando el conocimiento de nuestra patria chica), dos poemas (de ese libro inédito que tengo por ahí en algún sitio) y un cuento. Este es el que os pondré por aquí abajo. Perdonadme mi redacción juvenil, que recién salido estaba yo de las aulas universitarias; pero, aun así, ¡la veo tan con la frescura de quien escribe sin prejuicios...! Tenía solo 24 añitos. ¡Quién los pillara ahora! Al grano. El cuento (que me lío).



El relato


Manuscrito hallado bajo una mano

Siempre que me siento a escribir fracaso en mis intentos de hablar sobre mí mismo, o sobre lo que yo pueda significar para los otros. Bueno, en verdad, decir "me siento" no pasa de ser una frase hecha, porque, aunque ustedes no lo supiesen hasta hoy, hasta ahora que leen estas líneas, he de revelarles (ya estaba harto de fingir) que yo vivo sentado. Sí, llevo aquí sentado desde el accidente. Claro que ustedes tampoco sabían esto. Pues sí, hubo un accidente. Hubo ambulancias..., pero para qué les voy a contar, hubo lo de siempre. Yo quedé así como muestra esta foto (me da no sé qué cada vez que la saco del cajón). Ustedes me conocían por mis artículos de periódico, defendiendo a los animales, protestando por esto y aquello. Pero qué les voy a explicar, eso eran tapujos, era lo otro, lo no auténtico, aunque seguirá siendo lo verdadero, porque aunque a veces diga "ustedes", no voy a enseñar este escrito a nadie: lo guardaré en este cajoncito, junto a la foto, y echaré la llave con dos vueltas. ¿Que dónde escondo la llave? No les diré ni la primera letra de ese sitio.

¡Verónica! ¿Puedes traerme otro café? Gracias, cariño.

Verónica es mi mujer, y ella me ha cuidado siempre. Me trae el café por la mañana, y las galletitas, me viste a eso de las once, me lava, me da la comida... todo, todo. ¡Cuántos quisieran!, ¿eh? Ella siempre tan cariñosa, tan servicial, con sus besos, sus mimos y caricias... Recuerdo en estos momentos (no me pregunten por qué) -permítanme este excurso- las primeras noches. Yo nunca pensé que eso fuese así, tan, cómo decirlo, tan poco romántico. Porque sí, la primera, la segunda y, quizá, la tercera noche, fueron como en el cine, los pasos previos, los besitos antes de nada, todo con mucho sosiego, despacio, con un fondo de jazz o clásico, y te quiero mi vida, y la camisa, el pantalón, pero todo como si eso fuese ajeno, y luego ya su cuerpo, y sus senos, y su sexito, pero despacio, con caricias precisas ya pensadas, y todo encajaba como un puzzle, porque ella actuaba como yo y ambos lo sabíamos, ¡lo hemos hablado tantas veces luego! Digo que después esto cambió a partir, calculo, del cuarto encuentro. Nos solíamos reunir en un bar cercano al paseo de San Miguel, y allí permanecíamos hasta las once. Era la hora que habíamos señalado los dos sin hablarlo. Algo así: llegaban las once y los dos nos levantábamos de la mesa. Ella cogía el bolso y yo me acercaba a pagar a la barra. Luego lo del hotelito y eso, y a lo que iba, que aquello era ya otra cosa, la luz ya no importaba para nada, y recurríamos a los juegos más vulgares; bueno, ya me entienden.

¡Verónica! ¿Me das fuego, cariño? Gracias, amor.

Después del accidente todo se fue al garete, porque yo no podía... en fin, dejen ya de interrogarme con sus miradas, tampoco voy a contarles todo, porque ¿y si por casualidad la llave...? Sí, los primeros días, meses, no había problemas, porque Verónica aprendió rápidamente su tarea, lo de bañarme con agua tibia (por las heridas y eso), los dientes, las orejitas, y también vestirme y sacarme de paseo los días de sol y besarme (esto lo recomendó el médico casi ordenándolo), y lo demás en la cama... Yo no estaba tan mal, límpiense las lágrimas, yo era feliz, porque escribía, oía música, veía la tele, ¿para qué más? Y ella pasaba a máquina mis escritos, y me llevaba a veces a ver exposiciones de arte... haciendo (ahora lo sé) de tripas corazón. Y es que verán, yo era tan feliz solo por causa de ella, por ella, por Verónica, y solo por ella, ella, ella... por eso cuando me clavó el cuchillo por la espalda, sí, este que llevo aquí en la chaqueta como si fuese un adorno (ah, pero la punta entra más adentro, hasta casi tocar las costillas delanteras), cuando me lo hincó con todas sus fuerzas, comprendí todo. Es horrible que uno tenga que comprender así, de esta manera tan dura. Pero, en fin, yo nunca he sido muy avispado, que todo hay que decirlo. Por cierto...

¡Verónica! ¿Me rascas en la espalda? Ahí, ahí, muy bien, corazón.



¡Ah!, pícaros, seguro que se estarán preguntando ya algo; pero bueno, aunque esto sea una confesión, he de decir que yo siempre he sido un mentiroso, desde niño. Porque, claro, dirán que cómo puede ser que yo esté aquí con un cuchillo clavado por mi esposa, esa esposa que se está ofreciendo de modo gratificante a mis requerimientos. Bien, está bien, llevan razón, pero es que no me dejan terminar, lo del cuchillo era un símbolo, una metáfora, como quieran. Se lo explicaré: el cuchillo es Luis, mi íntimo amigo Luis, que venía todos los días a verme y yo estaba tan contento, riéndome con él, cogiendo sus cigarrillos. Pero al tunante solo le interesaba la piel blanca de Verónica, y sus carnecitas casi de viuda, y ella aceptó, pienso, que desde el primer día, desde la primera noche, porque Luis venía ya tarde y, claro, cuando se iba no se iba, y el portazo de la entrada era solo eso; luego, imagino, iría y se metería en la cama, y se fumaría mis puros, y se bebería mis licores, y se acostaría con Verónica, sin temor, todo ello sin miedo, sin ningún temor, mientras yo aquí escribiendo como un idiota, y ¡Verónica! y las demoras... que yo comprendía con esas excusas tan creíbles, tan suyas, tan de siempre, tan besos y la caricia y ya está. Solo ahora me explico los ruiditos...

¡Verónica! ¿Crees que vendrá Luis esta noche? Sí, ¿verdad?, es tan amable.

Pero no creas, preciosa, no creas que no soy nadie, por eso me defiendo contando todo esto, contándome todo esto como una venganza de mí mismo, ¿comprenden? Procuraré permanecer en silencio, como un tonto, seguir el juego de ellos dos, y seguiré aceptando los cigarros de Luis, y seguiré dando mi rostro a los besos de Verónica, cada vez más desviados de mis labios, y los suyos ya tan saciados... y lloraré por dentro hasta ahogarme en mi propia culpa, la culpa que nunca tuve, pero que me corroe y me ciega, y... qué más me da ya todo, y de qué serviría gritar y tirarme de los pelos, insultar a Verónica (porque hay tantas palabras para ello), o escupir a Luis en medio de la cara cuando me largue el paquete de cigarrillos, cigarrillos, el pago, la limosna, bah... Yo, tan acostumbrado a leer novelas, riéndome de esos cornudos, pero al final no creyéndome nada, siempre tirando el libro y salir silbando para jugar la partidita del día, y charlar del fútbol, de esa y de la otra, todo tan natural. Ay, tan hecho a la lectura de novelas he pasado a ser un personaje más de una. ¡Riánse! ¡Riánse de mí!

¡Verónica! ¿Estás ahí? No, nada, nada.

Caer en la cuenta, ese es mi pecado y mi penitencia. Por eso ahora escribo esta especie de agonía, si hubiera un género que se llamase "agonía". Supongo que es esa especie de lucidez que precede a la muerte, porque imagino que al final terminaré muriendo de asco, de asco de mí mismo y de la vida que me está tratando como a un trapo, como a un perro viejo. Y me parece que estoy delirando, silbando de rencor de las mariposas y cogiendo este sello para romper el esquema metonímico. Pero qué digo, qué preciso, Dios, ya confundo las palabras, me salen como babas rojas de la boca, y todo se me disponeeee consolera con la mexa de para que esto
rojo de                     -ç821la manorca                  para                 . :,adjativos
                                                  su          maldad              turua       de              apou
zollonario   m
                                                                                  kaja                  .aloar   katako    a
                        ras,    crasxa
                                                               i[   o   ña


Soldado Ángel Carrasco Sotos
                                                    








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