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lunes, 30 de octubre de 2017

Bellotas de Pedroñeras: Ya están para comerlas



Sí, ya están aquí; ya han llegado. Y ya las podéis comer. Porque no vamos a negar que Pedroñeras ha sido siempre un pueblo bellotero. Sé que suena mal. Y me vienen a las mientes ahora aquellos tiempos pretéritos en los que yo estudiaba por los Madriles y a mis compañeros de clase les resultaba raro escuchar eso de que yo hubiese probado las bellotas. "¿Pero eso no lo comen los cerdos?", me decían. Y yo callaba, o me defendía diciendo que estaban muy ricas en sazón. Y ellos reían. Y yo, también, pero por dentro: me reía por dentro (o me sonreía) pensando en lo que se estaban perdiendo. Porque en casa las habíamos comido con gusto desde siempre, cuando estaban curadas y cobraban ese sabor tan... sí, tan campesino, tan rústico, tan natural, y quizá poco noble. ¿Pero qué entendía el gusto de noblezas? También pensaba que a los cerdos nosotros les llamábamos "gorrinos", ¿pero qué más daba? No era cuestión de decirlo todo, porque uno parecía que revelaba su rusticidad, eso de "ser de pueblo" que llevábamos tan mal por lo que significaba para algunos, pero que, quizá contradictoriamente, era algo a lo que no renunciaríamos nunca. Ser de pueblo era ser de un sitio íntimo, mucho más que serlo de una ciudad en la que uno no conocía a nadie: eso no era un hogar como sí lo era el pueblo. Pero hablábamos de bellotas.

[Una bellota de bronce -de Riópar; regalo de mi esposa- llevo yo por llavero. En fin, que las bellotas, si uno sabe dar con las correctas, están de vicio, y ni sabor campesino ni na; están gloria bendita, dulces, de sabor amable, y ese sabor contrarresta plenamente los prejuicios que nos podamos imponer desde la ignorancia. (Y crean adicción, proclamo)].




Las bellotas a lo mejor nos sabían tan bien porque teníamos el gusto educado en esos manjares. Yo qué sé. Lo que sí puedo decir es que no creo que haya pasado un año en que no las haya probado y gustado de su sabor, de ese sabor que visita la infancia, ese sabor siempre antiguo, amigo, y al mismo tiempo de siempre, de cada año, porque lo reconocemos desde el primer bocado. ¡Cómo no acordarse del momento de cogerlas como regalo del campo! ¡Y cómo no hacerlo del momento de degustarlas, muchas veces tostadas! En casa, nosotros las poníamos, partidas por la mitad (a la larga) sobre la estufa y luego, en cuanto las veíamos dorarse, las cogíamos así, calenticas, y las pasábamos de una mano a otro hasta que se enfriaban un poco, para, de inmediato, hincarles el diente, ya un poquito más blandas o pastosas, e ingerirlas con ganas, templadas y dulces.




No os cortéis. Es el tiempo otoñal de las bellotas y hay que comerlas de nuevo para sentir que seguimos vivos... y que ha pasado otro año. Y además vale la pena hablar de ellas solo por volver a decir la palabra CASCABILLO. Por cierto, para los no avezados en su ingesta, producen gases (ya me entendéis). Y otro consejo: algunas llevan incorporado un agujerito: No es un adorno; significa que tienen premio, un regalito en forma de pequeño gusano... y este no merece morir. Así que ¡cuidado!, expurgadlas antes, que este año tienen bastante gusano, y luego id echándoles un ojo de cuando en cuando con la desconfianza que merece el asunto para entresacar las malas y tirarlas a la basura.




Y estas de aquí abajo son de la Mata Hermosa
(obsequio de mi primo Bauti. ¡Gracias, flamenco!, muy ricas). 
Las mías ya han cogido también ese color ideal.


ÁCS

2 comentarios:

  1. Interesante artículo alrededor de las bellotas, que me recuerda inevitablemente el primero de la serie de las memorias de Isidora Pérez Araque "Venían de coger bellota". Pero a mí directamente también me traen otros buenos recuerdos. Muchas gracias por publicar esta entrada.

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    1. Todos estos frutos que nos regala nuestra tierra nos traen a todos muy buenos recuerdos, como ocurre con las setas, las collejas, las piñas verdes, los tronchos, etc. Gracias por tu comentarios, Fabián. Para mí un gustazo comentar sobre estas cosas tan nuestras.

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