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lunes, 25 de diciembre de 2017

Cárcel, castigos, regreso y exilio de su padre - Memorias de Isidora Pérez: capítulo 10 (y último)


por Fabián Castillo Molina






Más sobre las cárceles que sufrió el padre de Isidora, la persecución y castigos a su regreso al pueblo con la condena cumplida, hasta su emigración (o exilio interior forzoso) a San Martín de la Vega (Madrid).

En Santiago de Compostela y en el alcázar de Toledo

Pos mira, es que te voy a contar otra cosa…, Se fue mi madre…, que mi padre estaba entonces…, lo trasladaron desde La Coruña, y estaba en una situación…, dice que lo peor que pudo hacer es vender el petate. Pero claro vendió el petate, y se tenía que acostar en el suelo, y echaba la simiente de las algarrobas en remojo, y tú sabes que las algarrobas…, que entonces no comíamos na más que eso…, bueno, pos echaba los huesos en agua y los machacaba y eso comía. Con la estatura que tenía mi padre…, y ancho de hombros que era, llegó a pesar 45 kilos. Bueno, pues desde allí pidieron voluntarios y el que quiso levantó la mano, y dijo mi padre, pues yo…, y pensaba, «peor que vivo ya no via vivir, si me matan mala suerte». Y lo trasladaron a Santiago de Compostela y desde Santiago de Compostela, los llevaron a una especie de…, como si fuera un convento, contaba mi padre; y allí las monjas les dieron un jarabe que dice que los resucitaron, porque es que estaban muertos de hambre. Y les dieron un jarabe y…, y desde allí los trasladaron a Toledo, al alcázar de Toledo, y en el alcázar estuvo mi padre mucho tiempo allí. Aquello era una prisión. Y tenía una alambrada, y a lao estaba el río Tajo y un despeñadero enorme, como un acantilado de esos que se ven en la costa gallega y sitios así. La estación del tren estaba cerca. El alcázar, con el asedio de la guerra había quedado hecho polvo, casi destruido del to, así que había allí trabajando presos…, parecido al Valle de los Caídos; unos de carpinteros, otros de albañiles, de fontaneros, en fin en lo que… supieran. Total, que se va mi madre a velo, y además de los varios trabajos que desempeñaba de peón o de lo que él sabía, como había trabajao casi siempre el campo…, cuando podía, mi padre trapicheaba y vendía botellas de anís, y si le costaba… vamos a poner una peseta, pos sacabaaa.., dos, bueno. Llegó un tío y le dio mi padre tres botellas, cogió el tío y se las hizo polvo delante de él…, y le dijo: «ahora atente a las consecuencias.» Pero luego ya no lo molestó más. Dice mi madre…, queee, claro, allí enganchaos en la alambrera…, tantísmos tíos tan jóvenes…, madre mía si aquello es que daba pena, de ver…, aquello. Yo estuve dos veces en Toledo. Con mi madre, no. Con mi madre no porqueee…, teníamos que sacar un salvoconducto, que era como ahora tenemos un carné, entonces era un salvoconducto, que tenías que ir al ayuntamiento… Y nos fuimos, mi abuela Martina, la madre de mi padre y mi hermano Rufino que se vino con nosotros, porque ese a donde decían que iban…, yo tamién voy.


El regreso al pueblo con la condena cumplida. Primer encuentro con la guardia civil

Pues, con tantos trabajos y sufrimiento pasaron los nueve largos años, porque mi padre vino…, mi padre vino el día tres de julio, que llegó a Pedroñeras, del cuarenta y siete. Libre de tenerse que presentar a nadie, o por lo menos eso es lo que creía él. Había cumplido su condena de treinta años y un día, trabajando durante casi diez años, en distintos trabajos y destinos en unas condiciones que solo él y quienes como él los sufrieron, lo saben. Cada día de trabajo contaba por tres de condena. Pues cuando llegó mi padre de la cárcel, pos, estaba la casa…, mal, muy mal, pero siete años después, cuando nos tuvimos que venir a San Martín, estábamos mucho peor todavía. Allí pasamos en el pueblo hasta que vino, lo que nadie sabe. Pero allí resistimos en Pedroñeras…

Mira, na más llegar, fue con mi hermano Julián…, diez años tenía la criatura, lo llevaba mi padre de la mano…, y lo llevaba mi padre a ver una viñeja que tenía, y entonces, antes de llegar a la huerta del hermano Fausto “Peneque”…, bueno, pos se encuentran a la pareja de la guardia civil, uno era un tal F., un guardia que le decían F., o así, un tío de mala ralea, y… otro que lo acompañaba. El que hacía de cabo por lo visto era el tal… F. Los paran, y le dice el cabo, así como si fuera simpático:

—¡Hombre! ¿De ánde es el amigo?

Y mi padre responde:

—De aquí de Pedroñeras.

—¿De Pedroñeras?, no lo conozco a usté.

—Pues sí, soy de Pedroñeras

—¿No será usté ese Pecherre que dicen que había tan curro en el pueblo?

—Curro no, pero Pecherre sí.

—¿Y cómo no ha ido usté al cuartel?

Le enseña mi padre la documentación…

—Pos ahora en cuanto llegue usté…, no, no vaya usté a donde va, vuélvase…

Se tuvieron que volver al pueblo…, allí enseñó otra vez mi padre la documentación…, y le dicen:

—Ahora va a venir usté tos los días, por la mañana, a medio día y al anochecer.

No sé si influiría que en aquellas fechas andaba revuelta la cosa entre los civiles (así se nombraba a la guardia civil, y a sus mujeres, civileras), y los que se resistían al franquismo, digamos, los que no se habían rendido, los maquis que les decían, el caso es que entonces, en el pueblo, los que mandaban… era así…, como te quiero te pinto y… si no te quiero pos te jodes. Mira…, no podía ir a trabajar, porque ya sabes tú el trabajo del pueblo…, que es ite por la mañana y hasta la noche no vienes… mira… Pues como ya… hijo, no nos daban…, no había trabajo ni nadie nos quería ni na…, que yo pronto empecé a decile a mi padre, vámonos de aquí que nos morimos de hambre… y lo meten a usté otra vez en la cárcel.


La historia del carrizo y la denuncia por robo de la uva

Pos pasó el verano mal que bien y con algunos trabajos que hicimos entre unos y otros, compró mi padre una borrica. Y Julián “Pelitos” tenía otra; y hacía yunta “Pelitos” con la borrica de mi padre y mi padre con la borrica de “Pelitos”, y el carro se lo alquilaban a la “Zoa”, para ir a por carrizo, que ojo lo que pasamos… Pos ya era a finales de setiembre o primeros de octubre. Se fueron mi hermano “Troski” y mi padre a segar carrizo, por allí pasao el monte de Jareño o de la Saleta y to eso, que había un río, el río Záncara. Segaban el carrizo, lo hacían gavillas así, luego con el carro de alquilé y las borricas lo traían. Y lo teníamos en el corral con las gavillas de pie, bien colocao, tol corral lleno de carrizo, como teníamos el corral tan grande. Entonces se usaba mucho en las obras…, el carrizo se usaba mucho para hacer el zarzo y poner encima las tejas que las sujetaban con barro. Yo estaba vendimiando en la Hita.

Bueno, pos entonces cogen y dicen en el pueblo que habían robao uva. El dueño de la uva era el Rojo Torral. Bueno, pos entonces al denunciar el robo le preguntaron que a dónde había llevao la uva, y dijo que la había llevao a la bodega de Severiano Charco, que tenía una bodega, en la calle Injurias, pegando anca el herrero que le decían “Maltempla”, cerca de donde vivía tu abuelo Rafael “María”, casi enfrente. Pos hasta tuvieron que ir a la bodega a ver si conocía el dueño la uva…, entonces la llevaban en capachos, que todavía no había lonas, o si había alguna, serían muy pocas.

Llega la pareja y dice el cabo, el mismo F, que menté antes, que tienen que mover tol carrizo del corral, a ver si estaba la uva escondía detrás. Tuvimos que sacar tol carrizo a la calle, a ver si estaba la uva, luego hasta vieron cómo cagaba el gorrino, a ver si comía uva…, Bueno, pos como digo, fueron a mi casa y to lo revolvieron como he dicho…, cuando ya dice el cabo que se lo llevaban al cuartel. Total, lo llevan a mi padre al cuartel, y había un sargento, que era andaluz, que el tío tenía una mala hostia…, estaba el cuartel pegando allí anca el hermano Pérez y dice el mismo sargento:

—Van a ir con usté y me traen tamién a su hijo.

—¿A cuál de mis hijos?

—El que ha estao trabajando con usté.

Les dieron lo que quisieron y mucho más. Unas veces a uno y otras al otro. Nosotros pasamos lo que nadie sabe. To eso por la acusación de haber robao uva, pero que no lo sacaron en claro, porque no lo habían hecho, que si lo sacan en claro lo habían metío otra vez a la cárcel.


Al venir de Valencia de cosechar de naranjas: nuevos castigos y torturas en el cuartel 

Pero no fue esa la única vez que los maltrataron. Después de aquel caso, hubo otros. El que más he recordao yo siempre es el de aquel otoño del cuarenta y siete. De toas formas, a veces confundo un poco las fechas, pero creo que fue algo después de que vinieran preguntando por mi padre, Fabián “Cavavegas” y otro acompañante, que andaban escondidos por el monte y a veces venían al pueblo buscando ayuda, eran los últimos tiempos de la resistencia.

Pues resulta que pasaba el tiempo y aquello no mejoraba. Mi hermano Troski y mi padre se tuvieron que ir a coger naranjas aquel año porque no les mandaba nadie trabajar ni na, y se fueron a Valencia a coger naranjas. Y cuando vinieron, como si los estuvieran esperando, los llamó el sargento al cuartel a los dos. Les dio una paliza…, una paliza que le estrozó…, le daban a mi padre delante de mi hermano y a mi hermano delante de mi padre, y entonces el chico, que tenía veinte años, que desde entonces no ha levantao cabeza el resto de su vida, le dieron con la culata de la pistola, así delante en la punta de las costillas… (Isidora señala y se emociona y tiene que parar un momento el relato). Además, mi hermano, cuando ya le había reventao la cara el sargento, de dale azotazos , y viendo que a mi padre le habían sacao toa la funda de la piel… del… del cuerpo, de pegale. Le dice mi hermano: 

—Delante de mí… no le pegan más a mi padre. Si tienen que pegarnos un tiro…, que nos lo peguen, pero delante de mí, no le peguen más…

—Ah, ¿que te sienta mal que le peguen delante de ti a tu padre? Si tú tienes la misma sangre que tu padre y tu padre la misma sangre que tú.

Entonces, para seguir haciendo preguntas, ya no le pegaron a mi padre, le ataron los pies, y lo colgaron en el brocal del pozo que había en el patio, lo colgaron, dentro, con la cabeza p´abajo, en el cuartel de la guardia civil. Boca abajo, allí delante de mi hermano y no sé cuánto tiempo lo tuvieron así.

Ea, las injusticias que hacían, hijo mío… Antes es que no hacían na más que injusticias…, y yo lo que digo muchas veces y lo digo y lo vuelvo a decir, que lo que los padres hayan sio y los padres las ideas que hayamos tenío, pero ¿que qué culpa tienen los chicos, que qué culpa tienen los chicos…?, si los chicos han venío al mundo inocentes, porque los hemos hechos nosotros y ya está.


La cita. A las doce de la noche en la Molineta

Bueno, pasó aquello. Te via decir otro caso. Aunque tengo buena memoria, a veces, los casos, como hubo tantos, se cruzan y los cambio de fecha, pero no se me olvidan. Mira, ya en la últimas, después de toas la preguntas y malos tratos, en las últimas, le dice el tío…, el sargento, le dice… (estaba todavía mi hermano José, soltero). Bueno, pos le dice el sargento a mi padre:

—Mañana lo espero a usté en La Molineta a las doce de la noche.

Y le dice mi padre:

—Ea, ¿y a qué tengo que ir yo allí a esas horas?

—Yo le digo a usté que a esa hora tiene que estar allí, y si no, aténgase a las consecuencias.

Se lo dijo mi padre a mi tío Rafael “Canroquis”, y a mi hermano José, que ya tenía 23 años, porque yo, cuando vino mi padre de la cárcel, ya tenía 18 años. Tos por allí alredor a ver que…, a ver. Y le dice mi hermano a mi padre:

—No se mueva usté padre de casa hasta que no venga yo. Repito: usté no se mueva de casa hasta que no venga yo.

Él sabía algo de las costumbres del pueblo. Llevaba trabajando desde los 14 años sin parar y había sido el mayor sustento de la familia. Se va José, y entonces estaba el bar de Jalisco en la Placeta, no sé si estará o no estará todavía. Allí anca Doval. Llega mi José al bar, se asoma y no ve nadie y dice Jalisco:

—¿Qué quieres?

—Na, que venía buscando…

—¿A quién buscas?

—Na,  a ver si… están en el reservao…, que…

—Pasa, anda, pasa.

Pasa José al bar, se asoma así, y ve al sargento sentao con los otros. Y estaban en el reservao, unos cuantos digamos D., N., (otra vez me callo los nombres), uno de…, un hermano de E. P., bueno, siete u ocho allí…, cuatro… sinvergüenzas, jugando a las cartas u lo que fuera, divirtiéndose. A esto ya era la hora señalada por el sargento para estar en La Molineta. Va mi hermano a mi casa y dice:

—Acostaros con tranquilidá que el tío este está en tal sitio.

A otro día por la mañana a las nueve tenía que estar en el cuartel mi padre. Y va al cuartel mi padre y le dice el sargento:

— Hombre, qué bien cumplió usté la palabra que dio. ¿No le dije yo a usté que a las doce tenía que estar…

Y mi padre le contestó:

—El que no ha cumplío con la palabra que dio fue usté, porque usté a las doce estaba en el bar Jalisco con sus amigos.

Y el sargento le da así un toque, como una manotá amistosa y le dice:

—Bueno, perdóneme usté, un fracaso lo tiene cualquiera.

—Un fracaso lo tiene cualquiera, pero ¿usté cree que eso se puede hacer?, tener a una familia…, a toa una familia en vilo toa la noche.

Así que, eso es que es un…, claro, yo no puedo contar que nos hayan matao a nadie, no, matanos no nos han matao a nadie, pero tuvimos unos castigos, unos castigos…, a mi madre tampoco la maltrataron, ni le hicieron barrer la plaza, ni to eso, porque mi madre no fue nunca a ninguna parte, bastante tenía, estaba siempre…, con tantismos chicos, desde el treinta y nueve y, como había estao uno en la guerra, mi padre diez años fuera. Nosotros según podíamos unos a coger lentejas, otros a escardar…, ya sabes tú los chiquetes de entonces, y muchos con unos mocos así de grandes. Pero aquello fue…, aquello fue algo fuera de lo normal. Cuando nos vinimos por aquí… es que ya estábamos… ea, que no nos quería nadie. ¡Madre mía!, ¡Madre mía!, ¡Madre mía!. Otra vez. Volví a repetir:

—Padre, vámonos de aquí a donde sea, que lo meten a usté otra vez en la cárcel.

Yo vuelvo a recordar la infancia y lo que digo es que, si la guerra se pasó y aquello fue una situación que lo tuvimos que pasar to la gente, pero yo lo que digo…, que nos quisieran tan mal, que nos quisieran tan mal, que no pudiéramos salir a la calle, como si tuviéramos la peste. No los juntéis, no juguéis con ellas. Yo aguantaba más, pero la Luisa se venía llorando…

—¿Pero por qué lloras?, ¿por qué te vienes?

 —¡Sí, porque no me dejan jugar!
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Y pasaban los años y seguía el castigo y el sufrimiento. Porque estábamos cohibidos del to…, estábamos, cohibidos del to… Nosotros pasamos mucho, mucho. Na más que cosas…, cuando ya nos vinimos por aquí, pues fue que es que ya…, si es que ya estábamos acobardaos del to, del to, del to del to.

Por fin nos vinimos a la Jara, una finca al otro lao del río, del Jarama, que nos vinimos el veinte de diciembre del cincuenta y cuatro. Gracias que por fin, aquí en este valle del Jarama, en San Martín de la Vega, cerca de Madrid, encontramos trabajo y por lo menos aquí ya nos dejaron vivir en paz. Y aquí rehicimos nuestra vida, fundamos nuestras familias todos los hermanos. Tuvimos, hijos y luego nietos y hasta bisnietos y hemos seguido hasta hoy, que ya he cumplido los 88 años. Así que ahora en estas fechas, to son felicitaciones de Navidad, pero tenía que ser como se decía antes, para toda la gente de buena voluntad.


Capítulo 4: Por un puñado de espárragos
Capítulo 8: La visita de Cañero 
Capítulo 9: Cárceles y servicio militar de su padre




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