Por Vicente Sotos Parra
Bueno, esta historieta va de eso de la edad en la que consideramos llamar a hijos, nietos, chiquetees. Cada cual tiene una vara de medir y, por supuesto todas las formas son buenas.
Yo recuerdo haber oído decir a los padres “el chiquetee está con las mulas arando, la chiquetaa esta que no se quiere casar con los años que tiene”. En fin, que la vara de medir la aplica cada cual a su manera, a su gusto. Por lo que yo aplicaré mi vara de medir a mi gusto que pa eso ya tengo la edad de medir a los chiquetees y a las chiquetaas.
Esta que os cuento sucedió por allá por los años cincuenta y sesenta que es cuando sucedió en plenas fiestas del lugar. Felipón así como el resto de amigos tenían entre diez y quince años.
Supongo que alguien quedará que se acuerde de que la feria se montaba en la plaza, bajando por la calle mayor hasta casi llegar a la casa de la hermana “Mima”. Una de las atracciones de la que más me acuerdo es de la tómbola de “Chupatintas”, aquel catalán parlanchín que a todo el mundo le caía bien. Todos los años la montaba frente a la puerta del Ayuntamiento sin dejar apenas paso a su acceso.
Pero vayamos con el relato que en su día me contó el Jabato pedroñero, Felipón, cuando era un chiquetee con sus amigos en esa edad.
El punto de encuentro siempre fue la plaza, y más en fiestas.
Los ajos ese año se pagaron baratos, por lo que los cuatro amigos andaban sin apenas perras para comprar nada de lo que les ofrecían tantos puestos. Es decir, algo de perras sí que tenían, pero debía de servirles para cigarrillos que después de todo, son más importantes que el cine. Y también los cigarrillos se lo pasaban dos veces antes de malgastarlos: fumaban uno cada vez, pasándolo y dando una chupada cada uno.
En las fiestas ya se sabe, todos se ponen sus mejores trajes, pero los mejores nuestros eran los peores de nuestros hermanos y padres, los que ya no se ponían y que nos pasaban cuando estaban realmente viejos. Yo por ejemplo llevaba un traje de mi tío Raimundo las mangas y los pantalones me los habían acortado en casa, pero los hombros se me caían, doble de ancho que los míos. Por suerte, bajo la chaqueta llevaba un jersey rojo de cuello alto. Los otros tres no lo pasaban mejor que yo: pantalones deformados, chaquetas ídem, jersey de ciclista. Éramos amigos sobre todo por haber crecido juntos en el mismo barrio, que nos unía en los deseos que no podíamos satisfacer: juntos trepábamos a las tapias para hartarnos de higos. En el vivero almendrucos. En los quiñones juntos jugábamos a las cartas, en algún lugar tranquilo, pero sin dinero, con piedras y botones.
Otros domingos acudíamos a la puerta del cine REX. El portero era familia de Bartolo y, de vez en cuando, nos dejaba pasar al gallinero. Pero eran las fiestas y nada más vernos nos lo dijo enseguida:
--Chicos, nada de entrada gratis hoy.
Bartolo insistió:
--Dos ahora y dos el domingo próximo.
Pero el pariente, sin levantar los ojos de la gente que le entrega las entradas, negó con la cabeza, irreducible.
Nos habíamos quedado con las ganas de entrar y nos apartamos bajo la techumbre de la entrada del cine mirando las carteleras y a la gente que entraba. La cola llegaba al estanco de las Montoyas.
--Chicas, ¿podemos invitaros al cine?
La morena se dio la vuelta en seguida, diciendo:
--No, gracias, esperamos alguien.
--¿A quién esperáis? ¿A los novios? –pregunté, un poco irónico.
--¿Por qué? –Replicó ella --. ¿Es que no creéis que tenemos novio?
--Yo no he dicho nada…, la primera gallina que canta es la que ha puesto el huevo.
--¿Y nosotras seríamos? ¿Las gallinas? –preguntó ella.
--Pues claro.
--¿Y vosotros los gallos?
--Segur no.
--Son gallitos sin cresta—dijo ella, con su voz ronca,-- gallitos sin plumas.
--En resumen, ¿qué tenemos de malo?
--Nada—dijo ella, de pronto.-- Más aún, si queréis invitarnos al cine, aceptamos.
E hizo una pequeña reverencia sujetándose con ambas manos el borde de la falda, como queriendo decir: “Eh” ánimo, adelante”. Con su barbilla redonda, un hoyuelo agudo la confería una gracia maliciosa y provocadora
Me sentí incómodo. Había hablado de cine solo para romper el hielo. Pero si no teníamos perras ni para nosotros... Imaginaos para ellas.-- Contesté:
--A decir verdad, no tenemos dineros para el cine… Lo dije por decir.
La morena se echó a reír, mostrando dos hileras de dientes blancos y hermosos.
--Hace rato que lo habíamos comprendido.
La rubia le dijo algo, en voz baja; pero ella, que me miraba provocativa, se encogió de hombros. Luego añadió
--Bueno, no importa… sois muy guapos y simpáticos igual, aunque no tengáis dinero… No nos interesa el cine… ¿Querréis que demos una vuelta?
--Muy bien. —le contesté.
Nos alejamos de la puerta del cine y subimos por la calle mayor hasta la plaza. La morena marchaba delante y nosotros los cuatro estábamos a su alrededor, porque, como advertí enseguida, nos gustaba a los cuatro. La rubia, enfurruñada, venía detrás, completamente sola. La morena coqueteaba riendo y bromeando y tenía una forma especial de mover las piernas dentro de su falda roja con lo que a cada paso esta falda flameaba como una bandera; y los cuatro competíamos para ganarnos su confianza, pero a la rubia, ni siquiera una palabra. Como ya dije, la morena me gustaba mucho; pero los galanteos de los otros tres me molestaban y fastidiaban. Si la cogía del brazo, inmediatamente otro la cogía del otro brazo, si la miraba, otro se dedicaba a mirarla también; si le decía una frase amable otro metía la nariz. Por último, perdiendo la paciencia, le dije a Bartolo, que era con el qué más confianza tenía de los tres.
--¡Déjalo ya!... ¿Por qué no le haces compañía a Elisa?
Elisa era la rubia, que caminaba algo aparte, con una brizna de hierba entre los diente. La morena lo confirmo riendo:
--Sí, sí, nadie acompaña a Elisa.
--Oh, lo que es yo, no necesito compañía…, estoy bien sola—dijo Elisa, enfurruñada.
--¿Por qué no le haces tú compañía a Elisa?—me dijo Bartolo.
--Eso, eso –dijo la morena, riendo.-- ¿Por qué no la acompañas tú?
De pronto me dio mucha rabia y contesté (--¿Sabéis lo que les conteste?: "Perros alrededor de un hueso…Yo acompañaré a Elisa…si señor… divertiros vosotros".
Y sin vacilar, me acerqué a Elisa y la cogí del brazo diciéndole:
--¿Qué, Elisa, hacemos las paces?
--No nos hemos peleado nunca –contestó, reservada.
Continuamos subiendo y bajando por la calle mayor. Pronto comprendí que mi maniobra había sido un éxito: en efecto, ahora la morena no parecía tan contenta y, aunque seguía riendo y coqueteando, de vez en cuando se volvía para lanzarnos una mirada a mí y a Elisa, que íbamos detrás, unas miradas llenas de celos. –Le dije a Elisa:
-- ¿Qué le pasa a tu amiga?... ¿Qué es lo que quiere?
--Es coqueta… --me contestó,-- quiere a todos los chiquetees para ella.
--Y yo, en cambio, estoy contigo.
No contestó nada, quizás por timidez; pero se puso colorada y me apretó el brazo:
Mientras tanto, habíamos llegado, siempre riendo y bromeando; y ahora estábamos frente a la puerta del cine. La morena, de pronto, se detuvo y dijo con decisión:
--En resumen, ¿a qué nos invitáis? Si no nos invitáis a nada, tanto da que nos vayamos cada uno por su lado.
Elisa, contenta de que yo le cogiera del brazo.
--Tengo una idea… --dijo la morena. --Tendréis al menos entre los cuatro, dinero para que dos personas puedan pasar al cine.
Nos miramos a las caras. –dije:
--Creo que sí… ¿No, Bartolo?
--Sí --dijo Bartolo.
--Bien…, ahora yo pondré los nombres de los cuatro en los papelitos…, luego los metemos en la gorra y los echamos a suertes…Quien gane elige a una de nosotras y se va al cine con ella a expensas de los otros tres… ¿Qué os parece la idea?
Nos miramos otra vez. Era tentador y no era tentador. Era tentador porque ella nos gustaba a los cuatro y sabíamos que el que saliese elegido la elegiría a ella, no era tentador porque a nadie le gustaba la idea de pagarle la entrada al cine a otro. – Por fin, dije:
--Yo, por mí vale—y todos los demás, para no hacer mal papel, aceptaron.
-- Perfecto, --dijo ella-- darme antes que nada el dinero, y luego una gorra y un lápiz.
Un poco fastidiados, vacíamos nuestros bolsillos; apareció el dinero para dos entradas, y algo más, Bartolo le dio su gorra y Luis un trozo de lápiz. Ella cogió el dinero, buscó en el suelo las mitades de entradas que estaban esparcidas por el suelo.
--¡Decidme vuestros nombres!
Se los dijimos. Ella escribió los nombres, puso las papeletas en la gorra y, agitándola, fue hacia su amiga y le dijo:
--Saca uno.
Elisa obedeció, ella abrió el papelito y dijo con voz triunfante:
--Felipón.
Era mi nombre. Me adelanté, diciendo:
--Me ha tocado a mí —y, sin vacilar indiqué a la morena, añadiendo la escojo a ella. Lanzó una risita, hizo una pirueta y vino a ponerse junto a mí. Todo había ocurrido en un instante; ahora la morena estaba a mi lado frente a la puerta del cine, allí muy cerca en la otra acera, y la rubia se había quedado como atónita, con la gorra en la mano. Luego Luis gritó.
--¡No lo veo muy claro!… Ella quería a Felipón y ha salido Felipón.
--No vale -dijo Enrique.
--¿Por qué no vale? –contesté--. Lo hemos echado a suertes.
Pero Bartolo había recogido su gorra y examinaba los otros tres papeletas. Luego lanzó un grito.
--¡No vale, no vale!... Está escrito Felipón en las cuatro papeletas.
--¿Quién lo ha dicho?
--¡Mira!
Era cierto. La morena se echó a reír, descarada, y dijo:
--Bueno, ya está hecho… Nosotros nos vamos al cine, hasta la vista.
Luis, decidido, nos impidió el paso.
--Tú de momento, devuélvenos los cuartos.
--Os los daré mañana —contesté.
--De mañana nada… Nos los das ahora mismo.
La morena intervino, diciéndome en voz baja: cosas.
Y yo envalentonado, me enfrenté a los tres diciendo:
--Os lo daré mañana… Y ahora largo, quitaros del medio.
Tan pronto dije estas palabras, los tres se me vinieron encima rodando los cuatro por el suelo, enlazados, luchando y pegándonos.
Yo soy fuerte, pero ellos eran tres y yo solo, y hubiera acabando con seguridad por ganarme; pero por casualidad el municipal que callejeaba por allí cerca se acercó, gritando con voz autoritaria.
--¡Eh, muchachos!... ¿Dónde os creéis que estáis?... ¡Eh, os lo digo a vosotros!…
Nos levantamos los cuatro, jadeantes y cubiertos de polvo. Luis gritó furioso:
--¡Devuélvenos el dinero!
Pero la morena, con la mayor frescura, se adelantó inmediatamente.
--Nosotros dos, él y yo, somos novios… e íbamos de paseo hablando de nuestras cosas… Esos tres nos molestaban, Señor guardia, dígales a esos sinvergüenzas que se vayan… No paran de molestarnos. Nosotros solo queremos pasear en paz.
Digo la verdad. Su cara dura no solo dejo asombrados a ellos, sino también a mí. El guardia dijo severo.
--Circular…, o si no…
Y ellos, atónitos, comenzaron a retroceder, mientras nos miraban. El cine estaba en la acera de enfrente; cogí a la morena del brazo y atravesamos la calle. Luis me gritó:
--¡Mañana arreglaremos cuentas!
Pero tanto el como los otros no se atrevieron a moverse porque el guardia se había quedado quieto allí donde se encontraba. Nos acercamos a la taquilla y dije "deme dos entradas", la morena dejó el dinero en la taquilla. Cuando estábamos dentro me dijo:
--Se la hemos jugado, ¿eh?
--¿Cómo te llamas? —pregunté.
--Mari —me contestó.
[Esta historieta tiene su moraleja. ¿Cuál crees tú que es? Espero con la paciencia de Job vuestros comentarios].
(CHASCARRILLO)
Cuanto de verdad tiene
ese refrán que dice:
"Pide que no esté alto el piso
del cual la mujer te pide que te tires".
RUSTICIDADES
MANACHEGAS DE NUESTO PAISANO
JULIAN
ESCUDERO PICAZO
Señor alcalde mayor
del pueblo de Pedroñeras,
lindante con Ciudad Rial
y Albacete, aunqu´es de Cuenca,
encomedio del Provencio,
d´El Pernoso y de Las Mesas;
señor alcalde mayor
d´esa villa pobre y güena…,
y s´acabó tratamiento,
c´aunque seas un albéitar
en años, tú pa nosotros
eres
chiquete de teta.
Amos,
qu´estaría güeno
que con estas canas nuestras…


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