El 26 de noviembre de 1997, aparecía publicado este artículo mío en La Gaceta Rural (Año LIII - nº 2687, página 18, sección Informaciones: Tradiciones y Leyendas del Campo Español), por mediación y gentileza de nuestra paisana periodista Pilar Galindo. Su título -ya veis- "El ajo en el refranero". No era sino una reescritura de otro con título similar que publiqué en la Revista del soldado, en la Base Aérea de Getafe, unos años antes en mi época de mili (a mi compañero del Lugar, también soldado, Azaña, recuerdo que le hizo especial ilusión ver que publicaba algo de Las Pedroñeras en esa revistilla castrense). En fin, como conoceréis, en ese libro que dediqué al ajo pedroñero, que todo lugarero ha de tener en casa (y, si no, ya tardáis en adquirirlo), amplié sobremanera esta cuestión, donde localicé y comenté más de 250 refranes y frases hechas sobre el ajo esparcidos por la historia de nuestra literatura y paremiología.
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martes, 28 de julio de 2026
Mi artículo EL AJO EN EL REFRANERO, publicado en La Gaceta Rural en 1997
Como ahora las nuevas tecnologías (léase IA en este caso) puedes transcribir un texto en un plis, pues por aquí lo dejo registrado, aunque sea ya una antigualla.
INFORMACIONES
26 de Noviembre 1997
Tradiciones y Leyendas del Campo Español
El ajo en el refranero
©ANGEL CARRASCO SOTOS
Somos el pueblo del romancero, del Quijote, de La Celestina, pero también lo somos del refranero, quizá el género literario más antiguo (oral, no escrito, por supuesto) cultivado en lengua castellana. Sin duda, los juglares épicos, Gonzalo de Berceo o aquel primero autor árabe que utilizó las jarchas mozárabes para la construcción de sus composiciones allá por el siglo X de nuestra era (suena tan lejano), eran conocedores de refranes, dichos, sentencias populares que aprenderían de oídas quizá de sus padres y abuelos, de sus vecinos. Hoy en día en que todo está catalogado, archivado, ¡informatizado!, las recopilaciones que se han hecho de este tipo de sentencias lapidarias —fuentes de sabiduría para unos, de estúpido conservadurismo para otros, desde que alguien vino a decir que todo es relativo— son abundantes, y nadie olvida aquellos tomos, que se mantienen de pie verticalmente sobre la mesa, con títulos tan extravagantes como Los 20 000 (así, con número) mejores refranes de la lengua castellana o encabezamientos análogos que nos abruman. Indudablemente son muchos, no sé si tantos como los caminos al Señor, pero creo, en cualquier caso, que podemos constatar que es un género en retroceso (quizá desde el mismo día en que empezamos a recopilarlos como algo antiguo, en desuso, como una reliquia). Nos quedamos con los que tenemos, los que repetimos el día a día, olvidamos los más, no creamos ninguno (era un género del campo, popular, y desde la dichosa Revolución Industrial, el éxodo rural, la televisión, el compact disc… ya nadie quiere «ser de campo»).
Pues es el caso que me voy a dedicar a esbozar brevemente la presencia de un elemento que se repite en el refranero —ya lo anuncié en el título—, trataré de escarbar en esas recopilaciones. Yo, que me crie entre los ajos (nací en un pueblo de la provincia de Cuenca denominado «Capital del ajo», Las Pedroñeras, que muchos recordarán por el ligero olor, aroma a ajo, que entra por las ventanillas del coche cuando se viaja de Madrid a Alicante), que lo he trabajado, me percato de la pérdida a la que he aludido: aquí el ajo es un producto meramente comercial. Se perdió el refranero del ajo, como se perdieron los conocimientos sobre sus funciones terapéuticas (era una especie de panacea en la antigüedad, una triaca: véase Hipócrates, Galeno, a nuestro médico clásico Andrés Laguna). Ahora, sin desviarme, solo quisiera citar y comentar algunos refranes, dicho, frases hechas en las que el ajo está presente, condimentando a las demás palabras.
Es normal que alguien ande «tieso como un ajo» —es frase conocida— cuando camina erguido y estirado. Dice el Diccionario de Autoridades (su primera edición es de 1726) que «se suele entender regularmente de los ancianos, que andan derechos, y como si fueran mozos, a imitación de esta hierba, cuyo tallo está siempre fuerte y tieso». Decimos que uno «está en el ajo» cuando figura entre los que intervienen en cierto asunto o está enterado de él (Mª Moliner). Alguien puede «revolver el ajo», que es lo mismo que decir «remover el ascua», dando motivo a alguien para mover o volver a discusión o riña. Se le puede hacer a alguien «morder el ajo», hacerle sentir (esas rabietas pasajeras que conocemos), mortificarle. Si alguien «suelta ajos como un carretero» es que suele decir expresiones groseras en las conversaciones. Puede ser también un «villano harto de ajos», es decir, un rústico y mal criado. Martín Alonso recoge la expresión «sin mí no se ha de hacer el ajo», donde «ajo» aquí es negocio misterioso entre varios (tómase de ordinario a mala parte, indica Alonso). «¡Bueno anda el ajo!», decimos, decían, podemos decir, cuando andan las cosas turbadas. «Tiene mucho ajo» cuando nos referimos a alguien de soberbia excesiva, ese alguien que en un momento dado puede decirnos «con gran ajo» (id est, con donaire y osadía) algo que no tengamos a bien. A ese mismo podemos «darle su ajo», esto es, lo que le conviene. Decimos asiduamente que conocemos bien el percal (y no hace falta explicación), pero lo mismo diríamos con la expresión «bien sé qué hierba es el ajo». Se dice «siembra buen grano y tendrás buen trigo», pero también «siembra buen ajo y tendrás buen tallo», con una significación que va más allá (como todo refrán) de lo puramente literal, rozando lo pragmático, lo ético (como el consejo que se desprende del pulpito de la experiencia). Si «descubrimos el ajo», destapamos sin duda algún embrollo oculto. Cuando un negocio es arduo, tal negocio «huele a ajo». Dos situaciones, dos personas, dos objetos, que se diferencian mucho, «se parecen —entonces— como el ajo a la cebolla».
Quisiera separar de estas expresiones las que constituyen propiamente refranes, con rima (ripiosa en bastantes casos) de los dos versos que constituyen el pareado. Veamos algunos: «Ajo hervido, ajo perdido»; «ajo que salta del mortero ya no lo quiero»; «ajos, sal y pimiento, que lo demás es cuento». Otros de cierto humor: «Ajos matan, bien comerán. Dijo el gato: quizá mal». O en los que la misma liliácea habla: «-Ajo, ¿por qué no fuiste bueno? -Porque no me halló San Martín puesto» (hay otra versión: «-Ajo, ¿por qué no medraste? -Porque para San Martín no me sembraste»). «Ajo crudo y vino puro pasan el puerto seguro», del que se nos dice que enseña que las dificultades se vencen y superan poniendo los medios necesarios para su logro (como el latino Mero allioque tutus Alpibus curres: «protegido con vino puro y ajo recorrerás Los Alpes»). «Al que come bien el pan es pecado darle ajo», refrán que se dice de los que están sanos, fuertes y robusto, y que están acostumbrados a viandas regulares, y comunes, con quienes es superfluo gastar cumplimientos, y manjares delicados. En fin, termino ya de hacer la ristra con un último refrán: «vino puro y ajo crudo hacen andar al mozo agudo». Este era un refrán que se les decía a los que estaban ejercitados en la labranza y en el trabajo y que, teniendo este alimento, acudían con prontitud a lo que se les encargaba y mandaba.
No me extiendo más, aunque pudiera. Espero que nadie ya haya sentido aludido malamente. En todo caso, quien se haya picado es porque ha comido ajos o está a punto de hacerlo; y, de cualquier modo ¿valdría la pena sabiendo que —como se dice en Nicaragua— todos acabaremos «pelando el ajo», es decir, estirando la pata?
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