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martes, 1 de agosto de 2017

Hojas de mi tierra (2): Con olor a tierra seca y sobre la ruta del Záncara (año 1963)



por Saturio Ballesteros Ramos


Esta 2ª parte de “Hojas de mi Tierra” fue escrita consecuentemente a la realización de una excursión  de 5 días, “marcha” que se llevó a cabo bajo la dirección del Rev. D. Felipe Perea Serrano capellán del Colegio Menor “Alonso de Ojeda “ de Cuenca en el verano  de 1963. (De el apareció ya una somera referencia en  el escrito “Profanaciones, bienvenidas si… ).


Recordaremos su procedencia familiar de La Alberca de Záncara y que los participantes la llevamos a cabo en bicicleta, yendo el sacerdote, como se indica, en una Vespa de su propiedad, y sin merma de sus obligaciones ministeriales, es decir del diario servicio de Misa.

Dirigido a  la los alumnos de  la comarca participamos los siguientes:

Benjamín Calvo Ruiz, Juan José Ruiz Carrión y Saturio Ballesteros Ramos, de Las Pedroñeras. También  Leonardo Moragón Moragón (San Clemente), Jeús Fuente López (Carrascosa del Campo) y José Joaquín  Granero Arribas (La Alberca, sobrino del clérigo promotor).

Este es el relato que hice de esos días, que se acompaña de unos dibujos que realicé sobre la marcha como recuerdo complementario… a falta de cámara de fotos.

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Jornada 1ª.

El viejo labriego castellano nos ve pasar, los pies manchados de rojizo barro, tácito, adherido a su esteba y tronco de mulas por delante…

Vamos envueltos en un gris de niebla mientras se hace difícil rodar en los altos.

Los pinos son hermosos, verdes y el viñedo tiene el impacto de su brote de frescura, cobijada a los lados de la carretera. Los campos de las laderas remiendan, multicolores la tela de tierra gris.

Atrás quedaron las mieses doradas, el porte gigantón de los molinos. Ahora, muy arrebujados en la hondura de los barrancos, los olivos tienden su tupido ramaje de hojas ovales, alargadas y pardas.

Y la carretera es de una  2º categoría pugnando por rebajarse de su grado, atravesando la llanura en recto hacia La Alberca.

Y el paisaje se sucede en monotonía, mientras el silencio nos inunda a los tres.

El pinar.

Uno más, ancho y grande hasta llenaros  los ojos de verde, ocultándonos lo demás.

Un camino entre los troncos va hacia dentro, dejando a la entrada una casa blanca, como de peón caminero y el cartel desteñido por las lluvias de la finca, con un “La Veguilla”, más que dudoso.

Lo seguiremos, pensando en la proximidad de la otra vega, la del río.
                                                ………………….

El declive viene a desembocar en el puente pequeño, de tosca  barandilla de madera, que sombrea la corriente del Záncara.

Es el mismo camino que se va despoblando de árboles y lleva, a cada lado del calvero, la tersura del barbecho y, allá dentro, el vaporcillo gris de los chopos que acompañan al agua hasta el Guadiana, mientras atrás se queda, anclada como una barquilla, la mancha blanca de  las paredes de un corral.

Una senda, como una sierpecilla, sube por el altozano hasta la Casa, semioculta de abetos que acompañan la ascensión.

La Casa ,demasiado grande, es toda blanca y tiene, de remate, un techo de  pizarra negra, tan extraño a estas tierras como los abetos.

La cuidada forma de las chimeneas –muy numerosas-, la acabada línea de cada ventana, de cada puerta, denotan mucho más la estancia de recreo, que la casa de labor.

La nota más austera la da la Capilla, pequeña, prolongada en su parte frontal por un cobertizo  de entrada, que se semeja a una nariz, desde el camino.

El jardín, aparece, al cabo, separado del resto por un vallado endeble y llevando a su lado un pequeño hilo de agua, que llama a beber.

En el suelo ya, apoyada la bici en el tronco rugoso de un chopo, tengo tiempo de mirar a ellos y refrescar mi vista puesta en él.

Miro a Antonio: Moreno, ojos oscuros como dijera alguien “con esa difícil complexión intermedia”.

Miro  a Joaquín, membrudo, fuerte, como una encarnación del polideporte, que quisiera contemplarlo todo con sus pupilas azules,

Dirijo mi mirada a ese grupo de rosales, a ese trozo de tierra, cruzado de setos y con algún que otro árbol, donde las especies del verdadero jardín no aparecen por parte alguna, Antonio me dice “Creo que somos los primeros”.


Yo debo de haberle dicho también algo afirmativo mientras veo venir, regadera en mano, hacia nosotros, al hombre que regaba unas plantas bajas, al fondo.

“¿Buscan al sacerdote?” -pregunta.

Y el buen jardinero nos informa dónde nos espera el capellán.

Así, botando en cada piedra y sorteando los charcos, partimos por un camino, antiguo cauce de aguas.


La Encomienda y la ribera del Záncara.

El caserío se  ve en lo alto de una ondulación a un lado de esta carretera que va hacia Carrascosa.

En la era, que está más por debajo, los hombres visten panas y percales de color azulado y se cubren con sombreros de palma o boinas lacias y gastadas, cubiertas de polvo.

Nos señalan el camino entre el tableteo seco de las aventadoras, el runrún de las mulas en la trilla, paseando la parva, el siseo del agua, debajo, muy cerca.
                          
                                               ………………….


La ribera es exuberante, hermosa.

Alguna vez puede que  ocurran sorpresas agradables bajo esos chopos cerriles que dora el sol de mediodía; y a nosotros nos parece disfrutar de una. Aunque la sorpresa sea pequeña, muy pequeña, exenta de poesía y en forma vulgar de sufrida “scooter”, de metal carenado. Pues donde está esa máquina, se encuentra nuestro “pater”, como dueño. Esta imagen está asociada a él.

Y ciertamente que sí, ahí estaban, en el claro desde el que se advierte el puentecillo, dejado atrás, con el camino a su espalda, que se traza alzado solo unos pocos centímetros sobre la corriente deliciosa, vítrea en su verdor.

Hubo alegría y manos que estrechar, una mano que besar, respetuosamente y  de nuevo, caras conocidas.

Algunas, ocultas en parte tras sus lentes, como, la del intelectual Adolfo. Otras graciosas y ocurrentes como la de Luis, ¡Yo que siempre juzgué el espíritu científico y la diversión como imprescindibles!


Sancho López.

Sobre la carretera, fresca aún la piel por el baño, sentimos el bochornoso beso de la calina. El padre nos conduce a Sancho López.

Bajo los almendros hay un pozo y la comida se hace allí, con el olor de la ova tan cerca que casi se mastica.

Y aquí unas gallinas semisalvajes se empeñan en hacer de espectador y robarnos todo el pan que pueden, migaja a migaja. Al final se van a la siesta, quizá porque nos comprenden o  quizá porque se comprenden a sí mismas.


Carrascosa, la de Haro. Una merienda inusitada.

A las tres se hacen los preparativos de la marcha. Se van distribuyendo todos los pertrechos de tal manera que los más pesados  se carguen en la moto.

Así en las bicicletas (somos cinco bicicletas) tan solo es necesario transportar los solos efectos personales y un saco de dormir por cabeza.

Por el contrario la Vespa se ve agobiada bajo el enorme peso de las latas de conserva, albergadas en la caja de herramientas, de las tiendas desmontables, cuyos palos metálicos sobresalen cual los artejos de un insecto gigante, del altarcito portátil, con forma de  macuto, que ha de descansar durante el trayecto en las espaldas de nuestro moderno cura.


A las y media, se parte carretera arriba y ya, como un preámbulo de frescura, aparecen unos pradecillos recortados y aislados como benéfico regalo de este Záncara silencioso y soñador que nos corre en paralelo.

En todo, La Mancha sigue reinando.



El altarcito portátil del P. Perea


                                               ………………….

Un pinchazo y Carrascosa ya.

Puntual a las seis y conformado en casas blancas, que hacen hilera calle arriba; con cuestas que cuestan y hacen apearse.

Otro rostro, atezado y alegre va a unirse al grupo. Se llama José y sabemos de su bondad..

                                               ……………………


Ese  señor simpático y un poco maduro ya, que se ocupó de recibirnos, debe de ser un mago.

Un mago que adivinase nuestros más profundos deseos y que, de inmediato, los hiciera realidad.

Sin duda esos cangrejos retozones, gordos, pugnando por escaparse de la cacerola en que los trajo, han salido de su varita mágica.

SÍ, estábamos allí junto a la orilla del río y en aquel escondrijo de verdores las palabras de nuestro religioso sabían más a recogimiento y a Dios, aunque se hablara de literatura y de qué libros merecía la pena comprar, desde nuestra menguada economía.

Entonces llegó él con su inusitada carga: ¡cangrejos del río!

¡Y qué delicia el sentir el olorcillo del tueste!  ¡Qué a poco supieron a pesar de ser tantos!, Acompañados de un negrísimo tinto del pueblo.

Además, para más énfasis una luna grande y enteramente redonda nos alumbraba, la mirábamos entre bocado y bocado.
Oscureció mucho.
                                               ……………                                                                                                                                                                                                          
En la boca  nos queda aún el sabor del delicioso vino con que nos obsequió José.

Mientras se asciende hacia la iglesia percibimos un leve viento húmedo que nos hace tomar decisiones. No se acampará por la inminencia de aguacero.

La Iglesia, al fin.

De la torre esbelta que tiene dos esferas de reloj escapa una suave música
religiosa, como un puente tendido a la oración que el cura nos propone hacer.

Y el sueño nos recibe, al fin, bajo  el techo del viejo Hogar de Jubilados.

Castillo de Haro y molino Catapum



Jornada 2ª


El molino Catapún. La cueva del castillo de Haro

El nuevo día trae mucho camino que recorrer.

Se atraviesa un pueblo pequeño, de los de reloj en la torre y una verja alrededor de la  minúscula Casa Consistorial. No sé su nombre.

A las dos, llegamos a un viejo molino, que en tiempos más felices viera moverse sus muelas empujadas por la fuerza del Záncara gobernada mediante una rueda de palas de gran tamaño. Los de aquí le llaman con un nombre contundente: El Catapún.

Entre sus muros, sigue viviendo  todavía una pareja entrada en años.

Cruzar el umbral y asomarse a lo semioscuridad de su sala de molienda es para mí como penetrar en un recinto sagrado: una experiencia religiosa.
                                                          
                                                           …………..


EL altarcito, que cumple su misa primera, nos sorprende con todos sus completos y diversos  componentes, reducidos en tamaño de manera que parecen de juguete. (El pater “juega a cocinitas”, bromeamos en privado)-

A las dos el baño está delicioso en la represa. Y el pollo que condimentara aquella viejecita arrugada del molino, acompañado de la fabada de lata saben a gloria y después crean sopor, a pesar del café instantáneo.
Llega la siesta.
                                          
                                                           ……………..

El señor de Haro nos da de comer en su castillo.


Las ruinas del castillo son apenas  cuatro torres mordidas por el tiempo e hilvanadas en los bordes del rectángulo que forman sus no menos derruidos muros.

Él, sin embargo, nos llamó desde el Catapún, para mostrarnos sus piedras de otras épocas.
Está erguido en  lo alto de un montículo rocoso y, a su pie ,corre el río.

Hacia la mitad de su lecho caudaloso emerge una isleta recubierta de inexplorado verdor y cubierta de zarzas por doquier.

En sus alrededores comienzan a aparecer algunos suaves montículos y más a lo lejos sigue estando presente el azul inmaculado de siempre.

                                                           ………………


Luis nos grita desde un lugar cercano a una pequeña agrupación de encinas.

Debe de haberla encontrado.

Y sí: Ahí está la boca de la cueva que alguien insinuara juguetonamente buscar. Luis se lo tomó en serio y ahí está. Lo logró.

Linterna en mano penetramos bajo la bóveda natural. En el interior hay estalactitas en gran número.

Al fondo, la grieta se prolonga con inclinación tierra adentro y allí un grupo de murciélagos permanecen aferrados a los bordes rocosos en tanto nuestros haces de luz los envuelven y atemorizan. Son los animales del silencio.

Tras la cena, a la media luz que vierten nuestras linternas volvemos al Catapún. A los más soñadores les queda la insatisfacción de  no haber explorado la cueva más a fondo. Existe la leyenda de que el castillo contó con una red de galerías que permitirían escapar de los peores asedios, en caso necesario.



Los fantasmas de... Luis.



Jornada 3ª

Villaescusa.

La Cuesta de la Herradura nos acoge a media mañana. Con el sol cayendo a plomo sobre nuestras espaldas.

Adolfo lleva el macuto.

José como no trajo bicicleta, monta atrás en la “scooter”, librando al padre del estorbo, más que carga que constituye el altarcito.

Todas las precauciones han sido  tomadas con vistas a la dura jornada, La Cuesta es, sin duda, el paso mas difícil de toda nuestra marcha.

Larga e inclinada, bajo  el sol incandescente, parece adherirse  a los neumáticos. Se pega.

                                               ....................

A las cinco aparece Villaescusa, un pueblo de tan rancio origen como su nombre pretende indicar.


La calle de los Siete Obispos termina en la Colegiata y allí un clérigo bonachón y gruesote nos conduce a la capilla principal,donde está el retablo.

Todo está invadido por andamios, torres de reconstrucción de los que tratan de mantener y mejorar el estado del patrimonio artístico.

El Retablo es indudablemente un “chef d’oeuvre” en el arte del calado y talla en madera.

Algo más tarde (el grueso nos ha entretenido mucho con sus disertaciones) ya fuera, mientras tomamos la carretera, dejamos atrás la Universidad, deshabitada y por restaurar, la que en otros tiempo se viera hermana, algunos dicen que madre, de la de la de Alcalá.

Salimos un tanto tarde y dispuestos a pedalear fuerte.


Belmonte y su castillo.

Su recibimiento es la boca abierta de su Arco del Almudí.

Atravesando, atravesando, se llega hasta el castillo y la acampada se hace al mismo pie de la fortaleza de los Villena.

La visita a la Colegiata viene un poco después.

Capilla tras capilla se hace posible contemplar imágenes a cual más acabadas y  bellas, en pintura y escultura.

A más, el conjunto del Coro con su magnífica sillería que, previamente, perteneciera a la Catedral de Cuenca, siendo luego legado, nos maravilla. 

Todos sus elementos se muestran resplandecientes bajo las luces multicolores de las vidrieras.

Los Villena (marido y mujer) duermen el sueño eterno bajo sus propias imágenes  en los sarcófagos del altar.




jornada 4º


La nueva mañana nos sorprende tras el guía paseando las dependencias de esta  triangular fábrica que constituye el castillo.

Una sala, en la que se rodaron anoche las últimas escenas de una película italiana aparece en contraste con las demás.

Tan hermosos son sus muebles y decorado, en contraste con las otras desiertas salas que tienen por denominador común los magníficos artesonados de sus techos y las elegantes hojarascas de las omnipresentes chimeneas.

Mientras salimos queda atrás un pasado del siglo XVI con aljibe árabe en el patio,


El baño de Saona (Los famosos globitos del páter).


El balneario de Saona.

A las seis de la tarde se avista el  balneario de Saona, nacido del pequeño río de su mismo nombre.

Es un balneario pueblerino rodeado de altas y blancas paredes, con antiguas piscinas y habitaciones con baño de agua caliente de pago y con reserva previa, al que acuden las gentes de los alrededores, una vez culminadas las faenas de la siega.

Cuando nosotros penetramos, subsisten tan solo unos cuantos carros y galeras, a cuyo alrededor retozan las libres caballerías.

El jardín (así al menos le llaman) que es en la actualidad un pequeño trozo de exuberante vegetación  poco cultivada y altos chopos, servirá de emplazamiento a nuestras tiendas.

Alguna charla y el merodeo del jardín ocupan el inicio de la mañana y el baño viene pronto.
Tras la cena se monta un corto “fuego campamental”. La última noche de acampada desciende sobre nosotros.



Jornada final.

Con el espléndido sol de la mañana llega la separación.

“Es un momento de nuestras vidas que nunca olvidaremos” nos ha dicho el “pater” al despedirnos.

Y en todos, creo, en Antonio, en Joaquín, en mí mismo, nace un profundo sentimiento al alejarnos carretera arriba camino de los molinos y de nuestro pueblo.



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