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sábado, 28 de noviembre de 2015

La vida en el Coso desde la Casa Azul o de la Genara



por Fabián Castillo Molina




Se conserva bien La casa azul. Así nombro yo a la casa de la Genera, como siempre ha sido conocida, en El Coso. Lástima que su vida interior se redujera desde hace tanto tiempo al silencio y la soledad. Recuerdo bien la época en la que los domingos, algunos festivos y otros días con motivo de boda u otras celebraciones se hacían bailes para la gente del pueblo en su salón principal. Uno de los acordeonistas que no se me olvida es Gregorio “Pititi. Lo veo bajar tocando su acordeón por la calle de San José, y detrás, unos cuantos chiquetes, jugando y haciendo de las suyas al compás de su música.


Muchas cosas podría contar cualquiera que hubiera estado desde uno de sus balcones viendo pasar la vida, de forma permanente, mirando hacia El Pilar y, hacia todo lo que se vislumbraba desde que se construyó esta casa. El bullicio de carros, galeras, mulas y todo tipo de caballerías por la mañana al irse al campo y luego a la caída de la tarde, al regresar, para dar de beber en los pilones el agua clara que se mantenía siempre ras con ras.

Los viajes de las jóvenes con sus cántaros, cantarillas o cubos a por agua, y a veces con la excusa de poder hablar un rato con sus pretendientes o novios. Y siempre el observador teniendo delante la Cruz del Coso cubierta como está ahora, o descubierta como estuvo en otro tiempo. Luego la fiesta del 3 de mayo, día de la Cruz, con los grupos de músicos y rondas cantando los mayos a la Cruz vestida tradicionalmente con sus mejores galas. También recordará haber visto a las diferentes bandas de música atravesando esta zona emblemática del pueblo en muchas ocasiones con motivo de las distintas fiestas y por motivos variados.

Recordaría los relinchos de las mulas cerriles bajando desde la posá del “Garrotero” agrupadas o en desbandada y a veces al galope pronto frenado por los pilones, como muletás que eran, todas llevaban el mismo fin: beber agua y sentir la libertad, ejercitarse tras las horas y horas en la cuadra esperando ser vendidas por los muleteros a algún labrador al que le fueran las cosas por entonces medio bien.

Entre tanto, por aquellos años el mayor acontecimiento del pueblo fue el rodaje de la película de Juan Antonio Bardem, La Venganza, con la entonces estrella Carmen Sevilla y los actores galanes Jorge Mistral y Raf Vallone, que después de varios días de trabajo en el pueblo, en el montaje final solo quedó un mínimo fragmento, en el que el carro entoldado de los titiriteros atraviesa el coso en diagonal y delante un grupo de chiquetes corriendo. La mayoría de esos chiquetes ahora en 2015 son abuelos (pinchad AQUÍ para leer esa otra entrada titulada "Descubriendo el cine").




Recordaría también, ese hipotético observador, los rugidos de los leones, y el olor propio de las fieras. La gran novedad que supuso la instalación del mayor circo que se haya visto nunca en Pedroñeras, el mayor espectáculo del mundo, como solía anunciarse, en el que además de todos sus números típicos, que incluían trapecistas, payasos, equilibristas, malabaristas y domadores de leones o de tigres, traían lo que nunca se había visto en el pueblo: hipopótamos. Corrió la voz de que cada hipopótamo se comía a diario más de 200 kilos de patatas. Y las compraban en el Lugar. Se decía también que para la alimentación de las fieras compraban carne de burro o de caballo en cantidad. Finalmente quedó en el pueblo el recuerdo de un olor característico de tantos animales y aquel dicho que todos recordamos: “Eres la última cagá que hechó el hipopótamo en el Coso”.

Luego vinieron cambios y decisiones muy discutibles, de los gobernantes municipales por las que los pilones y la caseta central donde estaban las bombas que elevaban el agua se hicieron desaparecer y en su lugar se construyó el mercado de abastos, con el resultado que todos conocemos hasta la fecha.

Durante unos cuantos años el coso fue el escenario semanal del sábado de mercao, hasta que se trasladó a su ubicación actual en la Cañada Vieja, con el bullicio y movimiento de personas y vehículos que conlleva esta actividad vital, mercados a cielo abierto semanales como el que se celebraba en Belmonte desde mucho antes, costumbre extendida por toda la geografía española y por buena parte del mundo.

Se vivió también la construcción de la primera piscina municipal del pueblo, con todos los buenos ratos que hizo pasar en los veranos, a los jóvenes más afortunados que pudieron disfrutarla (y cuando digo "los" incluyo, como es lógico, a las chicas también).




Alimentados por la humedad permanente del agua, crecieron enormes chopos, que luego al hacer la piscina en el nuevo emplazamiento, y construir en su lugar el hogar del jubilado y el centro de día, estos hermosos árboles fueron secándose hasta quedar reducidos a los dos ejemplares que podemos ver en la foto.

Tanto el Hogar del Jubilado como el Centro de Día, supusieron también una aportación de vida al Coso, movimiento diario de personas longevas que almacenan en su memoria infinidad de vivencias en muchos casos quedan inéditas al no ser compartidas.

Ese observador o mirón desde uno de los balcones de la Casa azul o de La Genara, no olvidará las numerosas tormentas de verano o de otras estaciones que en varias ocasiones dieron lugar a inundaciones preocupantes y para varios vecinos hasta angustiosas, como la última riada que arrasó el coso el 8 de agosto de 2009. Tantas y tantas cosas vistas y vividas desde un balcón de la casa Azul.



Libros de Fabián Castillo Molina: 


Al pueblo (poesía) y La Culpa (novela)



 

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