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domingo, 2 de noviembre de 2014

Pedroñeros en Tomelloso: Visita y reportaje fotográfico de Tomelloso



Alentados por mi compañera Mercedes, que es oriunda de este poblachón manchego, nos acercamos este viernes pasado a Tomelloso para hacer una visita, ligera pues el tiempo no dio para más, y conocer un poco mejor aquello que nos despertaba un mayor interés. Tomelloso desconcierta cuando se patean un poco sus calles, pues unas veces a uno le parece estar paseando por una ciudad y otras tiene la impresión de estar en un pueblo. Quizá sea las dos cosas: una pequeña ciudad manchega de casas bajas en donde se respira un ambiente rural entre moderneces más o menos al uso propias de una reducida urbe. Tomelloso es la jibarización de un Villaverde Bajo, pongamos por caso.


Pero no es nuestro ánimo el adentrarnos filosóficamente (ni menos aún de manera impresionista) en la intemporal e íntima esencia de Tomelloso, que sus profetas y sus poetas tiene para hacerlo, sino simplemente hablaros un poco sobre los lugares que visitamos y poneros unas fotografías del viaje. 

Quedamos con un compañero, un tal Salido (hola, chato), en la puerta del museo del carro a eso de las 11 de la mañana, que era cuando abrían sus puertas al visitante. Era una visita que tenía uno pendiente, porque ya sabréis que soy un amante empedernido de las cosas viejas cuando estas se refieren al agro manchego. Y es que el museo del carro, más allá de que ofrezca una suculenta muestra de diversos tipos de carruajes, es un auténtico museo del labrador. Un museo agrícola en el que se exponen con gusto aperos, enseres y todo aquello que tradicionalmente ha estado relacionado con el campo. No faltan fotografías y cuadros, como tampoco los artilugios propios de otras profesiones ligadas al modo de vida de los pueblos manchegos y aun españoles hasta los años 60, digamos, en que la tecnología los fue desplazando a los rincones de las cámaras, de los corrales o -para los menos sentimentales o seudopragmáticos- al camión del chaterrero o a los vertederos municipales.

En cualquier caso, si hay algo que destaca de este museo, es el fenomenal, excepcional, espléndido, monumental bombo que se expone en su patio, reproducción fidedigna de lo que era un bombo o chozo de los muchos que aún pueden verse en los campos tomelloseros. Este es enorme y su presencia y factura sobrecoge, quizá porque se han excedido un poquito en sus dimensiones, que no lo sé, pero desde luego es un auténtico monumento y uno anima al lector a que tome el coche para hacer una escapada. No le defraudará. Por cierto, la entrada al museo es gratuita. Os dejo una pequeñísima muestra de lo que allí vimos.


Para hacer los tapiales.


Entremiso, para los quesos.

Carro con toldo.

Galera.

Para trasladar toneles.

Carro con sus tentemozos.

Parte del museo.

Interior del bombo.



El bombo.


Después del museo del carro, encaramos nuestra trayectoria hasta el museo de Antonio López. Me refiero a Antonio López Torres, tío del conocido pintor Antonio López García. Llaman poderosamente la atención varias cosas. La primera es encontrarse -pues no la conocía- con un pintor (ya fallecido) fenomenal, en cuyos cuadros uno siente el espesor de las neblinas, el calor del verano, el sabor de unas gachas en un sartén de tres patas en las que el podador se dispone a meter la cuchara o un buen cacho de pan si es preciso para untarlo de tan sabrosa y delicada masa. Una buena colección pictórica que a uno se le hace corta, que le sabe a poco, pero el conjunto le resulta nutritivo y encantador. La segunda "rareza" es el no haber en la pequeña pinacoteca ni un solo cuadro de su sobrino, nada (y uno piensa que razones oscuras ha de haber en todo ello). Por cierto, exponía también hasta el 2 de noviembre el japonés Yukihiro Abe, con una colección de pintura titulada "El silencio de la Mancha" que nos dejó con la boca abierta; impresionante cómo el autor nipón capta en estos cuadros una parte esencial de lo que ha definido esta tierra, su silencio de siglos arruinado en la actualidad. Os dejo también una pequeña muestra de fotos sobre los cuadros.


Antonio López Torres

De este compramos la lámina por la cantidad de recuerdos que nos trae.




Gachas cabalicas pa arreale.


Cueva con tinajas.


La abuela y la nieta.



Yukihiro Abe









Pues nos cogía a un paso, ya que cercana al museo se alzaba, visitamos también una de las chimeneas que se conservan de las viejas alcoholeras de la población. ¡Qué bueno que estén aún en pie para nosotros y se hayan mantenido incluso restaurados estos signos distintivos de Tomelloso!; estas chimeneas que, por seguir un símil freudiano, se yerguen fálicamente erectas sobre los tejados del poblachón. Unas fotos y marchamos a ver la plaza.







De la plaza principal de Tomelloso destancan su ayuntamiento blanqueado, la iglesia (cuyo interior visitamos) y la posada de los Portales, en donde está alojada la oficina de información turística.










Por último terminamos comiendo, aconsejados, en el restaurante Marquinetti, que ostenta el título y trofeo, ganado en concurso internacional, a la mejor pizza del mundo. Es mucho decir, pero proclamamos desde aquí su exquisited y os animo a hacerle una visita. Un restaurante en el que probaréis una comida italiana de alta calidad a precios asequibles.

En fin, salimos de Tomelloso y paramos en Socuéllamos para hacerle una visiteja a Julián, el abuelo de mi mujer, y aprovechamos para hacerle unas fotos al mirage F-1 que se exhibe junto a la ermita de la Virgen de Loreto, patrona de la localidad ciudadrealeña. Y luego, despacico, volvimos al Lugar.







Ángel Carrasco Sotos

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